Víctor Montoya fue exiliado, triunfó en Suecia y ahora vuelve a su tierra

 

Es como un lord. Luce impecable en su traje gris, zapatos bien lustrados y el atuendo sincronizado a la perfección, casi como un reloj… ah, también es puntual. Lleva el cabello partido a la mitad, peina canas y hebras negras. Él es de los hombres que mete la mano al bolsillo y es obvio que va a sacar un pañuelo en vez de un papel desechable.

Su figura resalta en las calles del Norte de Potosí. Allá las comunidades de Llallagua, Siglo XX y Catavi están hermanadas por la historia minera. Entre los años 40 y la década del 80 el Ejército boliviano se cansó de disparar a matar en esas calles.

A pesar de la imagen tan pulcra y seria, Víctor Montoya es de sonrisa fácil. Le gusta hablar, bromear y ama escribir. Tiene muchas historias que contar y otras que reunir. Él vivía feliz y tranquilo en Suecia, adonde llegó por cortesía de Hugo Banzer Suárez hace más de tres décadas, y ahora está de retorno en aquel terruño que para él es su hogar.

18 años

“Resulta que yo me fui de Llallagua no tanto porque yo quise, sino porque durante la dictadura militar de Banzer, yo fungía como dirigente de la federación de estudiantes de secundaria de la provincia Bustillos”. Él era un objetivo militar, como todos quienes nacieron y crecieron en esos poblados. “Nos vimos muy vinculados al movimiento sindical revolucionario. En estos distritos los mineros eran nuestros padres y las amas de casa eran nuestras madres”.

A mediados de 1976 se anunció una intervención militar y policial en Llallagua y Víctor tuvo que esconderse para vivir. Ya había visto que los uniformados no iban a dialogar.

“Los dirigentes mineros, las amas de casa, los estudiantes nos metimos en el interior de la mina para escondernos. Estuvimos en clandestinidad. Me tocó estar con varios dirigentes sindicales”.

Luchó por su vida, acompañado de Cirilo Jiménez, quien fue fundador de la Universidad Nacional Siglo XX. Estuvo en la misma trinchera que Domitila Chungara. Montoya la recuerda como una mujer decidida y luchadora, a pesar de estar en su noveno mes de embarazo.

Recuerda cómo huyó de la mina y rompió el cerco militar. “Yo me disfracé de campesino pobre para que no me reconozcan; recuerdo que había mucho control en los ingresos y egresos de Llalagua. Salí y me puse a andar siguiendo el ferrocarril, por los rieles hasta Oruro”.

Esa experiencia está narrada en su libro Huelga y represión. En Oruro fue atrapado y en julio fue un preso más en la ciudad de La Paz.

Mientras habla, Víctor hojea sus libros. Él se ha dedicado a cuidar que las experiencias de los dirigentes no sean olvidadas.

“Luego de haber pasado por un proceso de torturas, que en ese entonces aplicaban a presos políticos, me mandaron al exilio”, explica. Por un momento vuela sobre sus memorias la Operación Cóndor y se da un tiempo para contar: “Fue el sistema de represión en los países del Cono Sur de América Latina. Los mismos mercenarios norteamericanos que participaron en las guerras de Vietnam y Laos eran los que entrenaban a los militares en Panamá, en la Escuela de las Américas. Fui torturado por agentes argentinos porque hacían un trabajo de colaboración en Bolivia”.

Cuando le dieron la noticia de su expulsión estaba en la cárcel de Viacha. Agentes del Ministerio del Interior le pusieron el sello rojo a su pasaporte y fue expulsado. “Yo ni sabía dónde quedaba Suecia en el mapamundi, pero ahí tuve que irme obligado”.

El mundo no es ancho ni ajeno

En Suecia tuvo que aprender un nuevo idioma, el cual no es nada sencillo. Primero tuvo que dominar aquella lengua y después consiguió su bachillerato. Luego aprendió inglés, porque en aquel país nórdico es un requisito para seguir con estudios superiores.

Lejos de su Bolivia y separado de su Llallagua el mundo fue diferente para él. “Trabajé en la biblioteca de una comuna. Era una biblioteca enorme y me encargaron la sección de literatura infantil y juvenil. Y tengo escritos sobre literatura infantil”.

No dejó de publicar sus experiencias. Es más, su libro Huelga y represión salió a la luz en 1979 y fue una denuncia de lo que se vivía en Bolivia. La obra fue traducida a diversos idiomas, inglés, francés y obviamente sueco.

La biblioteca fue el cofre literario de Montoya. “Entonces me enteré de que había un mundo maravilloso con esos libros y me quedaba después del trabajo. Me permitían cerrar la puerta y leer estos libros que eran unas joyas”.

Luego del trabajo en la biblioteca, él se dedicó a seguir con su formación académica. Estudió pedagogía y trabajó durante muchos años dando cátedra.

“Trabajaba mucho, daba conferencias en otros países. Estuve en México, China, Francia e iba por uno y otro lado”, explica. Por entonces, él había triunfado en el mundo laboral y ya tenía su vida hecha en Suecia.

Desde lejos, yo regreso

Explica que los bolivianos que fueron exiliados suelen no regresar. Eso sí, hay excepciones, como Domitila Chungara que volvió al país y falleció en la ciudad de Cochabamba.

“Yo volví a Bolivia y, como es natural, dije tengo que ir otra vez a Llallagua, Siglo XX, Catavi porque esos son los centros mineros que han alimentado gran parte de mi obra. Son las experiencias vividas y sufridas por mí mismo, en una suerte y en un testimonio personal que se convierte en un testimonio colectivo”.

Ahora que está de vuelta en su tierra, él tiene un objetivo. “Hago un estudio sobre lo que ha sido la masacre de diciembre de 1942, la masacre de Catavi que se conoce como la masacre de la Pampa de María Barzola. Hay una suerte de amnesia colectiva, la gente está olvidando nuestro pasado histórico glorioso que hemos tenido en estos distritos mineros”, cuenta.

Se ha puesto como objetivo rescatar la memoria colectiva. Es casi como una deuda pendiente que tiene con la historia, con su historia. Quiere recuperar del olvido los nombres de Federico Escobar, a Isaac Camacho, César Lora, Irineo Pimentel, Filemón Escobar.

Su compromiso es con la historia y la literatura, cuenta, no con ningún partido político. A estas alturas de la vida él sabe que tiene mucho que hacer.

“Mi ausencia en Bolivia ha durado alrededor de 36 años. Ya puedes imaginarte mucha gente me ha vuelto a ver acá caminando y me han preguntado ¿qué andas haciendo por acá?”. Cuenta que quiere recuperar la memoria de la región, aquella que ha luchado por la democracia del país.

 

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