Ir detrás de Lampe y enamorarse de Boca Juniors en la Bombonera

 

¿Sabés cómo hacer para llegar al templo? Primero hay que pasar por un infierno, llegas a la Bombonera y recién ves a Dios. ¿Tenés 12.000 pesos?”, la frase la lanza Carlitos, un mozo de pelo rubio delgado y con la apariencia de ser un Charlie García lejos de la música y cerca de la cocina. Él atiende en un restaurante de Caminito, barrio turístico de Buenos Aires. Habla y de fondo se escucha a Gardel: “…Vivimos revolcaos en un merengue y en el mismo lodo todos manoseaos. Hoy resulta que es lo mismo ser derecho que traidor…”.

Domingo 28 de agosto de 2022. Estoy en un sitio popular de Argentina intentando ver un partido de fútbol entre Boca Juniors y Atlético Tucumán. Juega el boliviano Carlos Lampe.

“Vení, vení para acá”, susurra Carlitos. Sale del local y comienza a andar de prisa, casi corre. Voltea para verme y decir con la mirada “hay que ir raudos”, rápido que se ha escapado de su trabajo para hacerme la gauchada.

Al mediodía de aquel domingo correr no está bien visto en la zona. Por la mañana hubo un par de robos y los ladrones corriendo, aunque está una multitud alrededor casi nadie se mete. En la televisión a diario se ven noticias de robo a mano armada y hay ladrones que no dudan en disparar a quienes se meten en su ruta.

La rubia melena de Carlitos está a un palmo de vista y de pronto se sumerge en un restaurante. Camina con calma. Saluda. Ingresa a una tienda de vinos y después entra a una oficina privada, donde lo saluda un tal Hugo. Está en la cabecera de una mesa para seis personas y donde no hay nadie más. Tiene un sombrero de ala corta y luce una sonrisa blanca. Sobre la mesa hay entradas de fútbol y algunos fajos de billetes atados con ligas. Quizás son cientos de miles de pesos argentinos, lo cual no es mucho porque la devaluación es más bulto que eficacia.

Carlos me da un golpecito en el hombro. Mira a Hugo y suelta una frase amable: “Te dejo al pibe, tratamelo bien”. El otro sonríe.

¿Alguien vio a Carlos?

Carlos Emilio Lampe era en agosto uno de los nombres más repetidos por los amantes del fútbol argentino. El arquero boliviano estuvo 688 minutos sin recibir goles, más de siete partidos, todo un récord para los extranjeros que llegaron a aquel puesto.

Él es hincha declarado de Boca Juniors –club en el que estuvo de emergencia, tras la lesión de un colega–. Este último agosto su equipo Atlético Tucumán estaba líder del torneo argentino, con una campaña histórica para el club de provincia.

Encontrarlo y conversar con él fue misión imposible. Se dejaron mensajes en el club y se contactó a su familia; pero el gigante (1,92 metros) no se dejó ver. La única forma de mirarlo era en la cancha.

Conseguir un ticket es casi otra misión imposible, en la Bombonera sólo hay venta a los socios. En las casas de cambio del dólar blue (un eufemismo para decir mercado negro), las más numerosas están sobre la calle Florida, el boleto cuesta 100 dólares, unos 280 mil pesos.

Hay también paquetes turísticos que ofrecen estas entradas, pero hay que comprarlas con semanas de anticipación y el precio ronda los 20.000 pesos, en la bandeja popular.

Aunque, como canta el grupo rockero de Mar del Plata Los tipitos: “Yo no creo en los milagros pero a ver si hoy suceden”. Es entonces que conocí al mozo Carlitos y él me habló de la Bombonera con la misma pasión de quien habla de una mujer amada. Cuando le pregunté cómo llegar ahí, él indicó que para ingresar al templo había que pasar antes por un infierno.

Los argentinos suelen tener algo de poetas con sus frases y más aún cuando hablan de fútbol, de Boca Juniors y de Diego Maradona, a quien le dicen Dios.

Hugo no deja de sonreír ni de hablar por teléfono. Estamos unos 30 minutos y él a cada momento me pide que lo espere cinco minutos más. Por fin explica que conseguir las entradas es difícil y que va a hacer una excepción porque el pedido lo hizo Carlitos. Me pasa la entrada y comenta como quien hace un favor: “Quedamos en 12.000 pesos”. “No”, le digo, quedamos en 10.000. Después de todo, como dice Gardel: “Cualquiera es un señor, cualquiera es un ladrón”. Refunfuña, suelta la entrada y recibe el dinero. Al final de cuentas, el mismo boleto lo vende el club a 1.500 pesos (unos 35 bolivianos).

Antes de morir

El semanario inglés The Observer solicitó años atrás a las principales estrellas del mundo que recomendaran sus eventos deportivos favoritos. Ellos dijeron que una de las cosas que hay que hacer antes de morir es ir a la Bombonera, así se denomina al escenario bautizado en 1940 como Alberto Jacinto Armando.

Esta cancha está en el barrio de La Boca, allí donde a principios del siglo XX se recogía la bosta de Buenos Aires. Hombres y mujeres de temple fueron sus primeros habitantes y parte de esta historia se encuentra plasmada en sendos murales que dan color y vida al estadio.

Las tiendas de souvenirs están a cada paso. Desde las paredes hasta el piso e incluso los techos llevan los colores amarillo y azul de Boca Juniors.

Ahí también están estatuas del Papa Francisco, el Che Guevara, Carlos Gardel y, cómo no, Maradona. Hay también imágenes de Eva Perón de Duarte, Evita, quien está con el cabello recogido y las manos alzadas hacia adelante, parece decir su clásica frase: “La felicidad de un solo descamisado vale más que toda mi vida”.

Caminito es parte de La Boca, la Bombonera está ahí mismo, a cinco cuadras. Los turistas suelen ir por millares todos los días de la semana. Cuando hay fútbol, tal y como pasó el último domingo de agosto, el turismo queda casi arrinconado.

La 12

Cuando el mozo Carlitos habló del infierno se refirió al camino que había que transitar para llegar a la Bombonera.

Se requiere una hora, al menos, para ingresar al estadio. El momento que Hugo me alcanzó el boleto eran casi las cinco de la tarde y de ahí al estadio había igual número de cuadras de distancia. El partido empezaba a las seis.

No son personas normales y tranquilas las que van a ver un partido a la Bombonera, son seres vivos que cantan, gritan y saltan sin parar de alentar. No hay descanso. No existe un minuto de paz o silencio. Es un mar auriazul que se dirige a una cancha de fútbol que ni siquiera pide a su equipo ganar un partido, sólo agradece estar allí.

Para llegar al templo es necesario pasar tres vallas, mostrar la entrada y alguna identificación, los extranjeros debemos llevar carnet de identidad y presentarlo al guardia en un par de segundos, mientras se recorren los molinetes de metal. Es prohibido atrasarse porque ya viene un empujón de otro hincha o del policía.

Hay cientos de policías. Para generar algo de orden ponen vallas antes de cada molinete. Tienen cascos, escudos y garrotes. No dudan un segundo en repartir golpes cuando la cosa se pone caliente; y en los alrededores de la Bombonera casi siempre todo está en ebullición. Aquella jornada los gendarmes detuvieron al menos a una decena de personas.

La 12 es una de las barras más famosas del mundo. Estar en La 12 significa formar parte de una marea humana apasionada. Nadie se sienta mientras la pelota está en juego y son pocas las personas que llegan a ver algo de fútbol porque las banderas tapan casi por completo el escenario.

En busca del milagro

La hora del partido ha llegado. Entran los equipos, Lampe se acerca a La 12 y recibe algunos aplausos. Los hinchas le reconocen su pasado boquense. Una vez que comienza el partido le gritan “Muerto” y más cosas. Después de todo como cantan ellos: “Pasan los años, pasan los jugadores, La 12 está presente y no te para de alentar”.

Una gran ovación se la lleva el delantero de Boca Darío Benedetto. El goleador parece decirles, igual que el expresidente argentino Carlos Menem: “Síganme, no los voy a defraudar”.

En el minuto 16 Augusto Lotti, de Atlético Tucumán, mete el primer gol del partido. Poco se ve de la jugada desde La 12, sólo Lampe hace un gesto de alegría. La hinchada en vez de apaciguarse canta más fuerte: “… Y La 12 que siempre está, donde jugués te vamo’ alentar, y dale Bo, vamo’ a ganar que la vuelta queremos dar”. Van perdiendo, pero eso los anima más. Sí, después de todo, ya lo expresó Maradona: “La bronca es mi combustible”.

El partido lo ganó Boca, el segundo gol lo metió tres minutos antes del final del partido. Desde entonces, Atlético Tucumán (que conservaba seis puntos de ventaja) no se recuperó. El auriazul coleccionó triunfos hasta que al final se consagró campeón argentino en la última fecha.

La salida del partido no fue fácil. La Policía estaba ahí para evitar robos, peleas y demás vainas en este recodo de la ciudad de la furia; allí donde reina D10s y viste de amarillo y azul.

 

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