El Conejo: de vender 20 salteñas a distribuir miles en seis sucursales

 

Viaje de las minas a un país discriminador y devaluado

Valentín toma asiento, le da un mascazo a su salteña ¿cuántas habrá comido en su vida? Mira alrededor y deja fluir sus recuerdos. “Comenzamos esto por necesidad. En Bolivia era minero aurífero, estaba en las minas de Consata y Mapiri (al norte del departamento de La Paz). Mi mamá era comerciante, un día llegó al campamento y vio cómo vivía. Me dijo que no iba a tener ningún futuro allá y dijo que me podía morir con el mal de la mina”, cuenta.

La mamá se lo presentó de vuelta a la ciudad de La Paz, donde él nació, hasta que llegó la hermana de Lucio, quien ya residía en Buenos Aires, y decidió llevárselo con ella. Le pagó el pasaje de ida, más no el de vuelta. “Estaba para irme a Tipuani pero me vine acá. Empecé de ayudante de albañil, fui ayudante de costura y estuve en ese rubro unos 10 años”, Lucio habla y se refresca con un sorbo de mocochinchi. Su restaurante en Argentina ofrece platos y bebidas de Bolivia.

El año 2001 estuvo lleno de turbulencias. Para entonces Lucio se puso fin a su soltería y pidió la mano de su prometida, en Cochabamba. Estaba decidido a abrir su taller de costura y cuando iba a levantar las alas del emprendimiento el gobierno de Fernando de la Rúa le dio una de las peores noticias a los habitantes de Argentina… impuso el Corralito, en diciembre de 2001.

La gente no podía sacar dinero de las entidades financieras, su dinero, y sólo se le permitía extraer una pequeña parte de sus ahorros. Esta medida apuntaba a cuidar los intereses bancarios en desmedro de la ciudadanía. “Estalló la devaluación, fue un estallido social. Recuerdo que estábamos en Soldati, en el taller de costura. Ya se habían disparado los saqueos, en el gobierno de Fernando de la Rúa, se suspendió un partido de San Lorenzo, en las villas se armaron y saquearon. De Soldati fuimos a casa en Bajo Flores y llegamos salvos. Subimos al techo de la casa y vimos el estallido social. Había quemas, estaba la Policía reprimiendo. Atacaban negocios, abrían persianas y saqueaban todo. Toda la noche fue asi. Nosotros velábamos que nadie entre a la casa”. Los reportes indican que entre el 19 y el 20 de diciembre fallecieron 39 personas.

Para muchos fue un nuevo comienzo, o dicho en palabras de Lucio: “Se formó el equilibrio más o menos entre nosotros, bolivianos y argentinos”. Aclara: “Antes del Corralito de De la Rúa era muy complicado para los bolivianos ir a un pub, comprar un auto o entrar a un restaurante porque la discriminación era fuerte. No importaba que tuviéramos dinero, ellos nos miraban y no nos atendían”. Reflexiona: “La verdad es que esa devaluación les enseñó a los argentinos a estar igual por igual con nosotros”.

Liniers se encuentra en Buenos Aires. Está lejos del centro argentino, pero ahí cerca se siente Bolivia. El país está en los portones donde cuelga la tricolor, la cumbia se escucha a todo volumen y los letreros invitan a comer fricasé, plato paceño o mondongo. Hay chifleras por las calles, se ofrece maní y ají, entre otros souvenirs culinarios del país… Allá los rostros morenos abundan.

En la calle José León Suarez, número 216, está una de las sucursales de la salteñería El Conejo. El paceño Valentín Lucio Choquehuanca es el dueño del negocio. Es un hombre de sonrisa fácil, trabajador, hábil para los negocios y hacer amigos con rapidez.

Este 2022 cumple 20 años con la salteñería El Conejo y cuenta cómo batalló para conquistar el mercado argentino sin desfallecer en el intento. Fue de menos a más, el primer sábado que ofreció salteñas, apenas vendió 25… ahora hace miles, e incluso un día, en dos horas, vendió 800.

Un viaje de las minas a un país discriminador y luego devaluado

Valentín toma asiento, le da un mascazo a su salteña ¿cuántas habrá comido en su vida? Mira alrededor y deja fluir sus recuerdos. “Comenzamos esto por necesidad. En Bolivia era minero aurífero, estaba en las minas de Consata y Mapiri (al norte del departamento de La Paz). Mi mamá era comerciante, un día llegó al campamento y vio cómo vivía. Me dijo que no iba a tener ningún futuro allá y dijo que me podía morir con el mal de la mina”, cuenta.

La mamá se lo llevó de vuelta a la ciudad de La Paz, donde él nació, hasta que llegó la hermana de Lucio, quien ya residía en Buenos Aires, y decidió llevárselo con ella. Le pagó el pasaje de ida, más no el de vuelta. “Estaba para irme a Tipuani pero me vine acá. Empecé de ayudante de albañil, después fui ayudante de costura y estuve en ese rubro unos 10 años”, Lucio habla y se refresca con un sorbo de mocochinchi. Su restaurante en Argentina ofrece platos y bebidas bolivianas.

El año 2001 estuvo lleno de turbulencias. Para entonces Lucio decidió poner fin a su soltería y pidió la mano de su prometida, en Cochabamba. Estaba decidido a abrir su taller de costura y cuando iba a levantar las alas del emprendimiento el gobierno de Fernando de la Rúa le dio una de las peores noticias a los habitantes de Argentina… impuso el Corralito, en diciembre de 2001.

La gente no podía sacar dinero de las entidades financieras, su dinero, y sólo se le permitía extraer una pequeña parte de sus ahorros. Esta medida apuntaba a cuidar los intereses bancarios en desmedro de la ciudadanía. “Estalló la devaluación, fue un estallido social. Recuerdo que estábamos en Soldati, en el taller de costura. Ya se habían disparado los saqueos, en el gobierno de Fernando de la Rúa, se suspendió un partido de San Lorenzo, en las villas se armaron y saquearon. De Soldati fuimos a casa en Bajo Flores y llegamos salvos. Subimos al techo de la casa y vimos el estallido social. Había quemas, estaba la Policía reprimiendo. Atacaban negocios, abrían persianas y saqueaban todo. Toda la noche fue así. Nosotros velábamos que nadie entre a la casa”. Los reportes indican que entre el 19 y el 20 de diciembre murieron 39 personas.

Para muchos fue un nuevo comienzo, o dicho en palabras de Lucio: “Ahí se formó el equilibrio más o menos entre nosotros, bolivianos y argentinos”. Explica: “Antes de la revolución de De la Rúa era muy complicado para los bolivianos ir a un pub, comprar un auto, o entrar a un restaurante porque la discriminación era fuerte. No importaba que tuviéramos dinero, ellos nos miraban y no nos atendían”. Reflexiona: “La verdad es que esa devaluación les enseñó a los argentinos a estar igual por igual con nosotros”.

A las cuatro de la mañana entra El Conejo en cancha

La música en el local de Liniers es de PK2, Ven junto a mí y abrázame como antes… Lucio sigue con sus recuerdos, se mira a sí mismo sentado y rodeado de sus amigos sin saber qué hacer tras el descalabro argentino dos décadas atrás. Su futuro como costurero se hizo hilachas y buscaba una nueva oportunidad, además iba a ser papá y requería con urgencia generar dinero.

Tiene la imagen clara: “Un día el dueño de mi casa, que es italiano, llegó en su Alfa Romero y yo le ayudé a bajar sus compras. Entonces le debía dos meses de alquiler. Él me dijo ‘vos eres activo, hacé algo con el local, hacé algo boludo, te lo presto”. Así lo impulsó a darle vida al predio de Bajo Flores.

Su hermana, la misma que lo llevó a Argentina, le prestó mil pesos argentinos que por entonces ya se estaban devaluando. El Conejo se comprometió a devolver mil dólares. Entonces consiguió local, tenía dinero y sólo le faltaba un detalle… en qué invertir.

“Y si hacés salteñas”, fue la frase que le lanzó un amigo. Otro le dijo que conocía a un salteñero de buen sazón y Lucio fue a buscarlo. El hombre le hizo su requerimiento de compras, pidió desde horno hasta papas bien cortadas y verduras pasando por carne de pollo y de vaca.

El salteñero debía visitarlo el jueves, no fue; al día siguiente tampoco llegó. “Lo he esperado en vano porque nunca vino. Me quedé con la papa picada y comí ají de fideo todo ese tiempo”.

No se rindió. En el programa radial del boliviano Hugo Arnez anunció que buscaba a un salteñero. Acudió a su llamado un hombre exigente, que le hizo un nuevo pedido de ingredientes. “Le di todo y le dije, ‘ahí está, ahora hacé’. Hizo, hizo un poquito que le quedó rico”.

El plan seguía en marcha, pero no tenía nombre. “Estábamos contentos con mis amigos y tomábamos vino para festejar. Queríamos poner de nombre La Paceña, La Cochala… y había un señor que se llamaba Juan Cornejo y al que le decíamos El Conejo. Mi amigo Luis Camacho se levantó iba al baño y al caminar dijo ‘déjense de joder boludos, pongan Salteñas El Conejo’. Todos nos reímos”.

Un compatriota hábil con la computadora le dio las características formales al nombre, otro viñeteó y Lucio fue a comprar tela de oferta para su uniforme y los manteles, tuvo la suerte de pillar un galón de pintura amarilla. El propietario del local, aquel italiano que lo impulsó a no quedarse atrás y que responde al nombre de Alberto Librandi, le compró sillas y le dio 50 pesos para comprar volantes y anunciar la apertura de salteñerías El Conejo.

La primera producción fue de más de 100 salteñas, se vendieron 25. Al día siguiente se vendieron 20. “El lunes siguiente también abrimos y el martes salí a la calle a vender. Había un español carpintero, le dije que me haga una cajita para llevar salteñas para que no se aplasten”.

Ese martes salió con su caja de 40 salteñas. Fue en colectivo hasta la zona Once, bastante comercial y con migración boliviana. Andaba por Flores, Bajo Flores, Mataderos, Once, Liniers… al comienzo regalaba sus salteñas y de a poco se hacía conocer. “A veces me sobraban y las llevaba al trueque. Llevaba tres o cuatro y las cambiaba por cebolla, zanahoria o papa”.

Salía a las cuatro de la mañana a vender a las bailantas bolivianas. Su esposa embarazada lo acompañaba. Durante dos años casi no se compró ropa y se privó de gustos, todos sus esfuerzos estaban destinados a la salteñería.

Cuenta que hubo un tiempo —antes de la llegada de Mauricio Macri a la Presidencia, entre 2015 y 2019 — en el cual vendía hasta 5.000 salteñas al día. Rememora con nostalgia el Carnaval en el cual vendió 800 unidades en dos horas. “Fue una locura”, exclama y ríe fuerte… poco queda del carácter tímido casi tradicional de los paceños.

El coronavirus fue otra prueba de fuego. Tenía ingredientes para elaborar 5.000 salteñas y las autoridades anunciaron las medidas de restricción sanitaria. ¿Qué hizo? Tramitó los permisos correspondientes y en su coche estrenó el servicio de delibery en 15 zonas de Buenos Aires.

Conoce de memoria al país que lo acogió. Sabe de sus recovecos, lamentos argentinos y pasiones deportivas y políticas. Sus raíces con Bolivia se están secando con el tiempo, de sus seis hijos sólo uno es boliviano. En vez de decir “tú”, él dice “vos”.

Ahora, con la crisis económica argentina, admite que sufrió un golpe económico; pero no se queja. Sigue poniéndole ganas a la salteñería. Además, no está solo y ayuda a seis familias a salir adelante.

¿Alguien vio a un conejo celeste?

El color de la salteñería El Conejo es amarillo y verde, pero Lucio dice con orgullo que nació bolivarista. Como dice la canción de Jorge Eduardo, lleva a su equipo en el corazón… y en las paredes de sus locales.

Rememora cómo organizó a la hinchada bolivarista que asistió a la final de la Copa Sudamericana en 2004, partido que enfrentó a Boca Juniors y a Bolívar. “Yo llevé cinco colectivos a la Bombonera y de eso nadie se olvida. Fue la única vez que fuimos así de organizados. Llegamos con escolta de seguridad, dos adelante, dos al costado y dos atrás. Alucinante era”.

Está ligado a las actividades relacionadas con los bolivianos en Argentina. Efecto Mandarina le hizo un video de agradecimiento, Octavia se presenta estos días con el auspicio de su salteñería. Y ya es un clásico: en las campañas solidarias siempre está presente El Conejo.

Cuando hay fechas cívicas nacionales, los canales argentinos lo visitan y Lucio es un invitado asiduo a los programas radiales y televisivos en el vecino país. Parece que fue un siglo atrás cuando llevaba salteñas a vender en una caja, pero apenas han pasado 20 años y como dice Gardel “20 años no es nada”.

 

Deja tu comentario

A %d blogueros les gusta esto: