Que 20 años no es nada

 

Temía en el fondo de mi alma mostrar como un acto reflejo a mis amigos, una sensación de fracaso con el regreso a una etapa ya superada y casi olvidada de mi vida. No era para menos. Nuestros sueños se habían hecho añicos aquel 2002 porque así lo habíamos decidido entre todos.

Y “todos” éramos los cuatro: el Mesa, la Xime, la Amalia y el Espi, que en 1990 se sumaron al coraje, empeño, empuje y osadía de Ximena Valdivia para hacer una productora que hiciera los noticieros en el canal que nos llame.

Periodistas Asociados Televisión (PAT) nació con esas ganas. El nombre es un juego manipulado arbitrariamente del título de una película de ese momento: La sociedad de los poetas muertos, ¿dónde quedó la sociedad?, cambió poetas por periodistas y la televisión por los muertos.

Luego, en 1998, vino el canal con años de felicidad a cuestas hasta que, con el ingreso del Mesa a la política, firmamos, lo reitero, todos de acuerdo, nuestro certificado de defunción adelantado y que se concretó algunos años después.

Pero ese 2002, con la misa de cuerpo presente, hace 20 años, lo reitero, finalizó una relación de trabajo de mucho tiempo. No del todo, pero los cuatro nunca más volvimos a estar juntos, cuando habíamos perseguido durante 12 años de periodismo en PAT aquellos sueños que tuvieron una altura directamente proporcional a las cosas que tuvimos que renunciar.

No fue la despedida soñada. No fue en la terraza de Apple ni pudimos bautizar el final como Let it be, ni se nos ocurrió darnos un abrazo en alguna azotea. Todo fue muy rápido, sin ni siquiera detenernos a pensar en las cosas que dejamos en el camino. Al final de todo, un montón de intrincados recuerdos, es decir la vida. Pero antes del final, como en la existencia misma, montones de personajes y situaciones, las noticias, la producción, alguna bomba, la muerte, un secuestro, De Frente, Bolivia Siglo XX, De Cerca, El Pentágono, muchos premios y algunas rencillas, gozo y dolor e incluso un par de puñetes de empate técnico y ningún epitafio.

El reencuentro

El Carlos, que es un obseso por la planificación, por una vez en su vida dijo que la reunión podría ser en cualquier parte. Pero no fue en “cualquier parte”. Fue en el Hard Rock Café que nos ofreció un menú para todos; dos asados, un salmón y una ensalada, además de coca y agua. Todo bien menos el volumen de la música de Queen, bella, pero para otro momento.

El origen de este encuentro luego de dos décadas de ausencia poco importa. Periodistas al fin y al cabo, fuimos lo suficientemente objetivos como para eludir cualquier mirada tosca, cualquier mensaje equivocado, cualquier decodificador altisonante o una retroalimentación que mantenga un tufo a rencorcillo.

Sólo un abrazo sincero, luego las sonrisas, luego las risotadas y antes de las despedidas efusivas y la promesa del reencuentro, la vuelta a los orígenes, el retorno a tantos años de discusiones picantes, las historias de cada uno, los hijos, los nietos, los achaques, las fotos familiares y cuándo no, periodistas, al fin y al cabo, la actualidad de un mundo que nos ha cambiado a todos.

Ningún reproche, nada que empañe el momento mágico, ninguna remembranza turbia del pasado que sea digno de sentarse en esta mesa. Casi nada de política, algo de fútbol y ningún silencio.

Cada persona oculta una historia extraordinaria.

Esto de ocultar historias sirve para muchos de nosotros. Siempre tratamos de esconder en el fondo del ropero algún cadáver que nos angustie. No es este el caso. Y seguramente, sin cadáveres de por medio, la lectura a estas alturas se torna aburrida. Sin embargo, las líneas que siguen son sólo la percepción de alguien seguramente no tan perspicaz, pero con los suficientes años encima para no adornar la personalidad de nadie ni ocultar los tremendos defectos de todos.

La Xi

Empresaria, audaz como pocas en los negocios. Capaz de sentarse sin complejos frente a un banquero, frente a Fidel Castro o preguntarle a Joao Havelange sobre su nacionalidad y con el tupé de interpretar al mismísimo Augusto Roa Bastos sobre Yo El Supremo.

Cuando fuerza su sonrisa y mueve la cabeza de un lado a otro, cuidado, en realidad es la maldad en su máxima expresión, desaprobando una acción o conducta que puede llegar al gerente de una institución bancaria o a la humildad de un mesero que trajo una comida que no terminó de convencerla. En esa extraña suerte de bipolaridad, lo mejor de la Xi es la risotada de aprobación que suele soltar a quien lo merezca. Si pienso en la Reina de Saba, ya sabrán en quién estoy pensando. La misma audacia, el mismo ímpetu, la misma belleza.

Hoy trabaja en política, cuida las finanzas de Comunidad Ciudadana y chochea con su Felipe.

La Pando

La conocí en el kínder del gran Amerinst. La timidez, creo, la acompañó hasta que salimos del colegio. Mi primer encuentro con la Pando en los medios fue un choque duro de opiniones. Cuando le pregunté por un concepto, me contestó desafiante… ¿Me estás tomando examen? A partir de allí, en Telesistema Boliviano y luego en PAT nuestra relación fue tirante, cordial, cariñosa, sincera, de bronca, es decir lo normal entre dos periodistas.

No recuerdo por qué vino la distancia, pero hoy se puede afirmar con absoluta seguridad que Amalia sigue siendo Amalia, faltaba más.

En su trabajo siempre es muy seria, dueña de conceptos sólidos, periodista de cepa, quien, sin embargo, se derrite ante sus dos kriptonitas que no son otra cosa que sus guaguas: El Joaquín y una dulce de 11 años capaz de desarmarla como nadie lo hizo.

El Mesa

A veces pienso en Carlos Mesa como un homo políticus de 24/7, pero no. Sigue siendo el que conocí como director de la página literaria de Última Hora, el comentarista en Radio Cristal, el director de todos los canales que recorrimos juntos, pero sobre todo el amigo de los últimos 40 años, capaz de apasionarse con sus estampillas, con la marraqueta, la coca, el fútbol, la historia, el cine y tantas otras cosas por las que discutimos hasta límites imposibles. Nos acordamos en plena reunión que su hijo, el Borja, siendo muy chiquito, contó a algún periódico que Carlos ordenaba por abecedario incluso las revistas que estaban circunstancialmente en el baño.

Sigue siendo, a veces, un malhumorado, otras, un pan de Dios, como cuando enfrenta a su nieto y sigue siendo un acérrimo, cruel y despiadado crítico de mi trabajo en periodismo, aunque suele perdonarme la vida cuando le pregunto si hay algo en mi periodismo digno de algún elogio. En PAT fue el alma y la caja fuerte que nos permitió hacer periodismo y encima ganar dinero. Sus programas facturaban más del 50% de nuestros ingresos. Su salida significó el fin de la utopía del periodismo independiente en PAT.

Lo que nunca cambia en el Mesa, y lo he comprobado en estas cuatro décadas, es su convencimiento de que la política puede ser un instrumento de servicio y honestidad a toda prueba, pero sobre todo en el respeto a los derechos humanos y la vida. “Algunos me dicen cobarde –me dijo alguna vez– será porque no maté a nadie”. Muchas veces camina solo por las calles, o por ahí acompañado de su conciencia. Eso le basta.

Nunca hemos dejado de vernos, aunque sea un rato en todos estos años y eso ha significado para mí, que interactué con él, creyendo tener mucho en común, sólo para descubrir muy tarde, que Carlos difiere significativamente del Espinoza, pero que a través del tiempo se pudo desarrollar un afecto y una preocupación para finalmente descubrir que somos amigos, antes de entender realmente el carácter del otro.

El Espi

No, no voy a escribir una sola línea de mí. No por ahora. Tengo derecho a guardar silencio, a un abogado y a una llamada telefónica.

Lo único doloroso al final del almuerzo fue la cuenta. Pero valió la pena. Durante la ingesta pantagruélica observé dos mesas. Una de ellas de sexagenarios que dirigían de rato en rato su mirada hacia nuestra mesa y comentaban algo por lo bajo esbozando una sonrisa. La otra mesa tenía como cinco comensales, todos muy jóvenes entre 20 y 25 años y que mostraron una total indiferencia hacia nosotros.

Los abrazos del final me hicieron sospechar de mis amigos y pensé que por lo menos alguien estaría llorando a mi lado, pero una lágrima que me mojaba el alma, me impidió confirmarlo.

Hasta dentro de 20 años.

* El autor es periodista

 

Deja tu comentario

A %d blogueros les gusta esto: