La película Casablanca en su efeméride

 

Las efemérides son hechos que deberían despertar sospechas, porque las más de las veces las hacen entidades que manejan cierto poder para reforzar su presencia ya sea en el pensamiento, en la historia, en la política o el mercado. Pero esta semana se cumplen 80 años del estreno en Nueva York de Casablanca y posiblemente tenga pocos homenajes por todas las cicatrices que le marcó el tiempo al clásico del cine.

No son pocos los artistas y filósofos, a lo largo de la historia, que piensan que la calidad de una obra de arte tiene una directa relación con el control que se tenga de la misma en todas las etapas de su concepción, construcción y reproducción; y de la capacidad de bajar la intervención del azar y la incertidumbre a niveles lo más cercanos a cero. Tal razonamiento encuentra en Casablanca la perfecta excepción, donde al final casi todo se hizo de una manera diferente a la inicialmente planificada, que se empezó a rodar sin tener el guion terminado y con observaciones de los comités de censura de la época, donde la elección del elenco pasó por varios cambios y decisiones a último momento, donde hubo cambio de quien dirigiría la película, donde hasta el título estuvo sujeto a dudas y cambios de último momento, donde apenas y casi por suerte quedó elegida la canción emblemática, donde se cambiaron el presupuesto, el cronograma y hasta el tamaño del proyecto.

Una obra de las que los hermanos Warner solo tenían la referencia de que se trataba de un proyecto más (el número 410) con un presupuesto estándar; pero que poco a poco, tal vez gracias a la alineación de los astros, o a felices coincidencias, o quizás a la plena confianza que siempre tuvo el productor Hal B. Wallis en el proyecto y que lo tuvo que defender innumerables veces a capa y espada, o tal vez gracias a la gran libertad que tuvo esta vez su director Michael Curtiz, debido a las más de 140 películas que ya tenía hechas; o gracias a la efervescencia bélica y patriótica que se vivía en esos años; creció en importancia y trascendencia hasta convertirse en una de las obras más importantes de la historia del séptimo arte.

Los estudios Warner Bros atrasaron su estreno comercial para enero del 1943, para no cruzarse en los premios Oscar con Días sin huellas de Willy Wilder; y efectivamente, al año siguiente ganaron tres premios; al recoger la estatuilla a la mejor película se levantaron por separado y apresurados Jack Warner y Hal B. Wallis. Llegó primero el menor de los hermanos Warner y recogió el premio, dejando al productor en el pasillo del teatro con las manos vacías y un resentimiento que no se le fue nunca.

Creo que el valor de la película radica en que a pesar de los tiempos de gran polarización entre los aliados y las potencias del eje en eso tiempos; el “Rick’s Cafe Americain”, es como la última frontera real e imaginaria del territorio bélico, ahí todo está lleno de grises, todos coincidían y estaban obligados a convivir, a hacer negocios y tranzas; un lugar donde nadie está libre de culpa, lleno de complicidades. En los estudios de Hollywood no se recrearon locaciones de l-Dár al-Baída (Casablanca en Marruecos) sino se creó un universo ficticio que coincidía más con el imaginario que tenían millones de espectadores frente a la guerra, que la imagen de propaganda hecha por los ejércitos y sus departamentos de Estado.

La historia es un melodrama que transcurre casi todo en una sola locación, lleno de inverosímiles, subrayados y desmedidos; pero que extrañamente son capaces de crear la magia de la representación. Podemos ver cómo a pesar de su cinismo y sus fechorías, Rick Blaine (Humphrey Bogart) en el fondo tiene su corazón y sus principios. A Ilsa Lund (Ingrid Bergman) capaz de mostrar lo que siente sin decir ni una sola palabra, ni inmutar su belleza. Podemos ver cómo una sola canción cala dentro de sus personajes.

Los tiempos han cambiado, el cine ha cambiado y nosotros también hemos cambiado. La cinta ha sufrido el paso de tantos años. Como dice la letra de la canción principal de la película: As time goes by (El tiempo pasa); “No debes olvidar un beso es siempre un beso, y las cosas fundamentales adquieren su valor a medida que pasa el tiempo”.

O como más ajustadamente lo dijo -o escribió- el gran Guillermo Cabrera Infante a 14 años después de su estreno: “Hablar -¿o escribir?- de Casablanca es como mirar una vieja fotografía: ahí es uno, pero de alguna manera ése no es uno; por el medio está el recuerdo, el tiempo pasado y la renovada presencia fotográfica, ganada su batalla al tiempo, pero perdiéndola, porque el tiempo no pasa: pasa uno por él y como en un estrecho pasadizo de zarzas de deja la piel en sus espinas…”.

 

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