Paz según Arciniegas

Ante la caída del gobierno de Gualberto Villarroel (1946), Víctor Paz Estenssoro fue expulsado a Buenos Aires, República de Argentina, por el régimen autoritario de ese tiempo. Y una vez que triunfó la Revolución Nacional, del 9 de abril de 1952, fue retornado a la Patria, en un vuelo directo, por el capitán de aviación René Barrientos Ortuño. E hizo su entrada triunfal en la sede de gobierno.
De él, que estuvo obligado a sobrellevar los rigores del ostracismo, el escritor colombiano Germán Arciniegas, en su libro “Entre la Libertad y el Miedo” (1952), anota: “Con el dedo se señala hoy a varias repúblicas de Sur América que están sentadas sobre un volcán. El caso de Bolivia es trágico. Una inmensa masa popular, la mayoría de los bolivianos, se inclinó en las últimas elecciones (mayo de 1951), en favor de un candidato que no podía hablar, que estaba desterrado. Paz Estenssoro, el candidato, representaba la tradición del gobierno nazista de Villarroel. El gobierno boliviano ha resuelto el problema desconociendo sencillamente el voto del pueblo. Pero quien vaya a gobernar hoy en Bolivia no se sentirá como un patriarca acariciado por la dulce mirada de las llamas, sino como un arriesgado que monta un potro salvaje. El gobierno no permite al candidato bajar del avión que le trae de Buenos Aires, y tiene que retornar a su destierro”.
He ahí los gajes del oficio, diría alguien. Paz Estenssoro, que empezó su carrera política con la fundación de su partido, en fecha siete de junio de 1942, fue un estadista que alcanzó notoriedad, dentro y fuera del país. Catedrático de la facultad de Finanzas, de la Universidad Mayor de San Andrés, tuvo, tal como describe Arciniegas, caídas y levantadas, en la agitada vida política. La memoria histórica lo ha reivindicado, como el realizador de las transformaciones más profundas e históricas, que se haya visto desde la fundación de la República (1825), en la década de los 50, del siglo pasado. Así pervive y pervivirá la figura de ese notable tarijeño.
Arciniegas reconoce, asimismo, que Paz Estenssoro “tenía la más poderosa organización política de Bolivia. Además, en Bolivia el voto no es universal. Los 54 mil votos de Paz Estenssoro, como los de sus adversarios, representan sólo votos de la gente que sabe leer y escribir. El boliviano del pueblo es analfabeto. Si estos analfabetos también votaran, es muy posible que Paz Estenssoro hubiera alcanzado un triunfo más rotundo”.
Paz Estenssoro gozaba del respeto de sus adversarios y del respaldo, incondicional, de las fuerzas populares. El “jefe”, era para sus acólitos. El “mono”, para sus adversarios. “Viva el Movimiento, gloria a Villarroel, a Paz Estenssoro, le espera el Poder”, canturreaba la gente, ebria de euforia revolucionaria. O el otro aire popular, típico paceño, que dice: “En el puente de la Villa, hice un juramento, defender al Movimiento, en todo momento”. De esa manera la ciudadanía se identificaba, posiblemente en su mayoría, con ese proyecto político que marcó historia, durante el Siglo XX. Así apoyaba las conquistas que nadie, hasta este momento, ha emulado.
En suma: los hombres pasan, las obras quedan…

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