¿Favorece la indisciplina al desarrollo de la clase?

Posiblemente, no solo los docentes que son habituales lectores de esta columna, sino también padres y madres de familia, dirán al unísono un rotundo: ¡NO! Para profundizar analicemos algunas definiciones de la palabra Disciplina: 1. ll Constituye la capacidad de actuar ordenada y perseverantemente para conseguir un bien. 2. ll Comportamiento en el cual el alumno se rige a las leyes del respeto hacia el profesor y con y para los compañeros del aula. 3. ll La disciplina es la entrega de lealtad a ciertas condiciones impuestas por algo o alguien. Y en el caso de indisciplina, ¿cuál es su concepto? Se considera la deslealtad o irrespeto a ciertas condiciones impuestas por algo o alguien.
En una de las definiciones anteriores mencionamos “… algo o alguien”. ¿Quiénes pueden ser éstos? Dos actores imprescindibles como una unidad en la enseñanza: educando – educador. El primero, quien deberá cumplir las normas establecidas por la institución, a través de un reglamento académico, exigidas por el segundo: el docente. ¿Lo anterior conduce a que el docente siempre tenga la razón? No necesariamente, ¿qué sucedería si la clase que se imparte resulta meramente expositiva, rayando en la monotonía?, ¿si llega molesto –por algún factor externo, ajeno al estudiantado– al aula e intenten dar en una clase, lo que corresponde a un mes de clase?; ¿Qué no proporcione el descanso entre las dos horas clases? ¿Que se llegue impuntualmente a clases?
¿Y en el caso del estudiante? Cuando abusa de la confianza del docente, inclinándose hacia comportamientos inadecuados, como: escuchar música, chatear, estar más pendiente de lo que sucede fuera del aula, mal sentado, afectando el mobiliario, mientras se imparte la clase; fuera de clase, cuando no cumple con su deber, estudiar, que se puede evidenciar a través de no cumplimiento de la entrega de trabajos, no participar en clase, no asistir a clases, etc. Todo lo anterior es indisciplina, producto de una falta de comunicación extraordinaria entre ambas partes, por un lado y, por otra parte, un problema serio, grave, que es la falta de autoridad del docente para mantener la disciplina.
La autoridad del docente, tanto en lo que enseña, como en el aula para mantener la disciplina y el orden en un grupo, son puntos clave para una buena educación. Si la autoridad falla, en cualquiera de las dos partes, se pierde el control de grupo y es cuando la educación peligra.
¿Consecuencias posibles? Falta de respeto entre ambas partes y, finalmente, “la cuerda puede romperse por la parte más débil”, un estudiante que no aprende, que no aplica lo aprendido, que no se pudo disciplinar, ser consecuente con sus deberes de estudiante, y finalmente quedar aplazado.
Es muy importante darnos cuenta que en manos de los que somos docentes, tenemos una riqueza muy grande que son los jóvenes, que trabajamos con personas, no con seres inanimados y que de nosotros depende en gran medida el que logren desear ser educados. Es probable que alguno de ellos llegue a dedicarse también a la enseñanza y educación en un futuro y le sirvan nuestras habilidades y conocimientos transmitidos, siempre y cuando sean correctas, hacia su persona para que llegue a ser un gran educador.

El autor es Licenciado en Ciencias Pedagógicas.

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